Jorge Molder_Algún tiempo antes

Enero 16, 2007

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Hasta 21 Enero 2007 

Autor: Jorge Molder

Exposición: ALGUN TIEMPO Antes

Lugar: Fundación telefónica

Soporte de obras: Fotografía/audiovisual

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Jorge Molder, Lisboa 1947, presenta fotografías cuadradas de gran formato. En casi todas aparece él. En el documental que proyecta explica que se fotografía a sí mismo como medio de comunicación con el público por comparación. Genera personajes y situaciones tenebrosas con primeros planos de su rostro y a veces de objetos. Es novela de terror. Ilumina partes del rostro concretas. Y enfoca la mirada del público a sus ojos, o más abstracto, a líneas de luz verticales en su cara. El denominador común de la mayoría de las fotografías, su rostro, es utilizado como medio de una exposición que resulta plana, marca el conjunto con un patetismo “saudade” portugués que exporta como exótico. Él mismo confiesa que su rostro no tiene nada de interesante y que podría haber cogido un actor. Cómo voy a compararme en situaciones que no he vivido. No es directo porque estas escenas son abstractas, sin embargo en el documental se muestra el proceso torpe y convencional (quizá la única virtud de la exposición junto con la técnica) de las fotografías, que ejecuta su ayudante.

La escala del rostro en las fotografías es desafiante al ser el cuádruplo del tamaño real. Comienza la exposición sabiamente colocando a la entrada una figura a tamaño real de su persona observando un panel negro. Esto sirve de escalón al proceso del observador que ha de eliminar la barrera de le escala de las fotografías, te pone en cierta manera en su lugar.


BOTIJO 1

Enero 5, 2007

De la mutilación a la autosuficiencia

Por Montera rondaba en aquella época un tipo que siempre gastaba una camiseta de tirantes de baloncesto, incluso en invierno, que salía todos los Jueves por la mañana en busca de compañía. Le vi por primera vez una mañana a principios del invierno. El sol estaba lo más alto que podía y producía bellas sombras alargadas de señales, árboles y farolas con curvas femeninas y brazos que se estiraban hacia los paseantes. A esas horas por Madrid o vas a tomar café en el descanso del trabajo, o haces la compra con chato porque tienes sesenta y pico, o no haces nada, como yo. Márquez estaba debajo de Montera casi en la Plaza del Carmen con tres siluetas. Sólo podía pensar en cómo cojones se había puesto el morral cruzado desde un hombro al otro costado, y agachó la cabeza mientras las tres se reían. Una de ellas se conmovió por su mohín, le puso el dorso de la mano en el costado, donde faltaba el brazo, y él no se rascó la cabeza con el otro porque también faltaba. Márquez me contó que dejaba al descubierto las cuencas de sus hombros para tener sensaciones distintas de los calambres que le producían sus amputaciones. Y se lo llevó calle abajo, girando a la derecha los perdí. Después de esto volví a casa, saludé al gato, y sentí debía pintar algo relacionado con Márquez. Le dibujé enorme y le corté la cabeza también con el lienzo de manera que su camiseta verde de baloncesto fuera lo único que se viese, y las cuencas de sus hombros rozando el límite del cuadro. El límite dejaba de existir por la parte superior e inferior, su cabeza y sus piernas también cortadas continuaban más allá, hasta es suelo y uno ochenta. Pero la atención se desviaba a la continuidad de la línea de contorno que rodeaba su cuello, los hombros, se duplicaba al separarse del tirante de la camiseta y contornear sus brevérrimos muñones para agruparse de nuevo rodeando el tronco. Descubrí que realmente la línea más importante del cuadro era la camiseta, un contorno cerrado. Cuando se produce un monólogo sobre el lienzo producir un marco desencadena un argumento claro para el observador, y se establece una conversación. El cuerpo mutilado quiso contestar a la camiseta y remarcó las torpes protuberancias de sus hombros, luchó por la verdad del cuerpo que estaba debajo intentando resaltar las ondulaciones de sus cartílagos costales, sus maltrechas clavículas y lo poco que quedaba de sus pectorales. Márquez estaba en la calle por las mañanas y podía desviar su atención, contarse historias con la gente que veía, estaba al lado de sol. Siempre está abarrotado, te puedes sentir seguro porque la gente va rápido a esas horas entre semana. Sol es un barrio oscuro porque cuesta levantar la vista y hablarse a uno mismo de tantas maneras. Además, se mezcla la gente que va de paso con los que viven y trabajan ahí y se perciben ritmos distintos en una aberrante sinfonía de sentimientos. No fuma solo, y no puede masturbarse. No lleva anillo. Bebe y come con pajita, y paga señalando con la nariz el morralito que lleva siempre cruzado y que abren y cierran la panadera, el frutero, el ferretero, el del bar y la puta, menos él. Le encendí un cigarrillo y me contó que con lo que le daban de pensión vivía, y aún le daba para subir a alguna de estas a casa porque se fiaban de que él no les iba a dar de hostias ni nada de eso.
-Se turnan para subir conmigo, les gusto, y yo las voy enseñando poco a poco y cada vez tengo un rebaño más educado. Huéleme el hombro.
Me quedé pensando en lo que me había dicho y me imaginé a la asistente social preparándole el desayuno por la mañana. Dibujé un botijo gigantesco encima de la camiseta y la lucha de las líneas desapareció. Empecé de nuevo con un objeto que es en sí mismo un símbolo de la autosuficiencia.

gorda