Antes de ayer vino un amigo a casa a tomar un café o una copa, no sabemos bien, y mientras le dábamos los primeros sorbitos, que se te encoge el cuerpo y el gusto, suena el timbre de la puerta.
Raro, porque por la mañana no suele llamar nadie si no se acompaña de unos golpecitos y de un sonido de llaves –ése sería otro amigo-. Me acerco a la puerta preguntando quién es y acercando el ojo a la mirilla –Policía, abra la puerta. Efectivamente era la policía, pero pregunto exclamando – La policía?! Me dicen que sí y abro la puerta casi entera asustadísimo. Acto seguido la vuelvo a cerrar diciendo –Un momento, un momento, que me he equivocado – a la que pongo la cadena en su sitio que de nada hubiese servido ya si realmente no fuese la policía, -Enséñeme su placa de cerca que no la he visto, y mientras lo hace veo por la rejandija de la puerta los tres policías altos y fuertes, con caras normales y ridículamente encajados en el descansillo de las escalera, dispuestos a tomarse una rodajita de salchichón con una cerveza si yo mismo se la ofreciese, cual fontanero servicial y agradecido. Total, que en esto que me estoy ablandando, van y me preguntan -¿Aurelie de la Croix? – No, es aquí abajo.
(Basado en hechos reales. La verdadera identidad de las personas que aparecen en este relato ha sido reemplazada por otra ficticia, por seguridad para el cuerpo y los imputados)

